La Represión Emocional


W. P. Ryan y M. E. Donovan realizaron hace unos años unas interesantes aproximaciones sobre el estado de las personas que mantienen una represión emocional, bloqueo o control desmedido de las emociones y sentimientos, en el día de hoy deseamos compartir esas señalizaciones que en todo caso nos parecen importantes considerar en el momento de un abordaje terapeutico.

El amor es una sensación, un sentimiento. De ahí que para poder amar y sentirse amada, una persona debe primero ser capaz de experimentar emociones. Esto suena simple, tan obvio que algunos podrán decir que es ridículo señalarlo. La verdad es, sin embargo, que muchas personas desean poder amar y sentirse amadas, al mismo tiempo que se mantienen ajenas a lo emocional.

Aunque tal vez consideren que “enamorarse” apasionadamente es una experiencia deseable, creen que por principio es necesario mantener controladas las emociones, no ceder a ellas ni permitir “que se apoderen de nosotros”. Según esa visión, dejarse llevar por los sentimientos es un signo de debilidad, falta de carácter y/o mala crianza, aunque ser arrastrado por el sentimiento específico del amor, sobre todo el amor romántico o el amor hacia los hijos, puede ser aceptable e incluso deseable.

Aquellos que padecen las formas más severas de bloqueo “No quiero ocuparme de mis sentimientos” se encuadran en términos generales en dos grandes categorías. La primera la forman las personas que no pueden tolerar la intensidad emocional. Los sentimientos fuertes de cualquier naturaleza los ponen incómodos, aun cuando sean sentimientos “agradables” como el amor. Se empeñan en mantener bajo control sus propios sentimientos, asumiendo un aire de calma imperturbable, y casi siempre también procuran controlar los sentimientos de los demás, para lo cual utilizan un repertorio convencional: “No te sientas de ese modo”, “No puedes dejar que eso te perturbe”, “Estás sobreactuando”, etc. Por mucho que deseen sentirse amados, cuando por fin se les presenta la oportunidad se muestran ansiosos y alterados y sienten que la experiencia les produce una enorme agitación interior, hasta el punto de dejarlos aturdidos, confusos, descolocados. Para ellos, la perspectiva de pasar por la vida sin amor puede ser menos asustante que vivir la inquietante experiencia de ser amados.

Para el segundo grupo de personas afectadas por este bloqueo, la cuestión no es cuán intensamente sienten, sino qué sienten. Desean sentir en forma selectiva, experimentando sólo aquellos sentimientos que consideran “buenos, agradables, y positivos. No tienen inconveniente en experimentar estos sentimientos “buenos” con intensidad, siempre que no experimenten nunca sentimientos “malos”, tales como “enojo, envidia y resentimiento.

Ambas actitudes son igualmente efectivas para bloquear la receptividad del amor, porque si lo aceptaran correrían el riesgo de sentirse sacudidas, conmocionadas. Semejante intensidad los excede, son incapaces de absorberla. Las personas del segundo grupo se bloquean para no o aceptar amor porque creen erróneamente que pueden cerrarse sólo a los “malos” sentimientos. No comprenden que dado que todos los sentimientos están inextricablemente vinculados, nadie puede suprimir varios sentimientos “malos” sin perder la capacidad de experimentar también todos los otros sentimientos, incluidos los “buenos”.

No todas las personas afectadas por el bloqueo “No quiero ocuparme de mis sentimientos” lo padecen en sus formas graves. Tampoco se encuadran todas exactamente en una de las dos categorías descriptas. El bloqueo puede manifestarse en forma sutil: personas que no están permanentemente en guardia contra los sentimientos fuertes, pero que tampoco se sienten del todo cómodos cuando sienten una emoción con auténtica intensidad. Si se sorprenden a sí mismos experimentando un sentimiento que consideran “malo”, digamos resentimiento hacia un ser querido, deseo sexual hacia alguien que no es su pareja, o envidia hacia un amigo, se apresuran a censurar y reprimir ese sentimiento, diciéndose “No debería sentir los que siento”. Y si experimentan una emoción con gran intensidad, ya sea rabia o euforia, los invade el temor de que si no la controlan, esa emoción puede dominarlos y hacer que se comparten de un modo tonto e imprudente que luego lamentarán. No matan la emoción, pero le ponen sordina. Viven el miedo como “incómodo”, la alegría como”agradable” y el enojo como”desagradable”. Si bien son capaces de sentir afecto y amor por los demás, no se permiten amar sin trabas, porque esto implicaría perder el control. Y aunque en el plano intelectual puedan saber que otros los aman profundamente, son incapaces de experimentar la expansiva calidez interior que logra quien se permite a sí mismo abrirse de verdad y dejar que el amor de otra persona penetre en lo más hondo de su ser.

INFLUENCIAS CULTURALES
Es indudable que nuestras experiencias familiares tempranas determinan en gran medida el estilo con que manejamos nuestros sentimientos. Pero una de las razones por la que tantas personas se sienten incómodas con sus sentimientos es que somos todos productos de una cultura caracterizada por n fuerte prejuicio anti-emocional. En la cultura norteamericana se enseña a admirar la racionalidad “viril” como un rasgo al que se debe aspirar, en tanto que el sentimiento es menospreciado por considerárselo femenino e infantil. A cultura popular ha glorificado al hombre fuerte, silencioso, que nunca “cede” ante sus sentimientos, pintándolo como un ser noble, heroico y hasta sexy. En contraste con ello, la expresión abierta de los sentimientos es vista como algo embarazoso, poco serio o indecoroso, y a quienes manifiestan sus sentimientos se los suele considerar débiles y tontos.
Por su puesto los diversos grupos étnicos tienen actitudes distintas frente a las emociones y se ajustan a distintas reglas respecto a la manera de expresarlas. En términos generales, las culturas alemana, escandinava, inglesa e irlandesa tienden a una represión emocional mucho mayor que las latinas y mediterráneas. Y en las culturas asiáticas, así como las árabes y africanas, existen distintas creencias respecto e cuáles son los sentimientos aceptables y cuáles los modos permisibles de expresarlos. Cuando hablamos del prejuicio anti-emocional que impregna la cultura norteamericana, nos referimos a una tendencia de la corriente cultural dominante, que hasta el presente se halla sometida sobre todo a la influencia de las culturas de Europa del Norte.
Es verdad que este prejuicio antiemocional tiene su lado positivo. Dado que el comercio y las relaciones sociales serían imposibles si todo el mundo diera rienda suelta a sus emociones, cierto grado de represión emocional es necesario para que podamos vivir en n mundo aceptablemente ordenado, eficiente y civilizado. Pero es igualmente cierto que esa represión torna difícil para mucha gente la saludable aceptación de sus emociones, tan crucial para el bienestar psicológico y el mantenimiento e relaciones satisfactorias.
Junto con el prejuicio general contra los sentimientos, prevalece en nuestra cultura la idea de que ciertos sentimientos son especialmente malos. Así, por ejemplo, muchas personas consideran que la pena y la tristeza son sentimientos impropios, enfermizos y de mal gusto. En la infancia se les enseño que no tenían derecho a ellos, y que experimentarlos era una tontería, una falta y una grosería. Tal vez sus padres les inculcaron que los “niños grandes no lloran”, trataron de convencerlos de que “en realidad no te sientes de ese modo”, los fastidiaron con expresiones como “apuesto a que no sabes sonreír”, o les dijeron “no tienes derecho a sentir lastima por ti mismo cuando en China (o donde fuere) los niños mueren de hambre”. Aun cuando a n niño se le permitía experimentar pena y tristeza, lo más posible es que se le enseñara a no dejar que tales sentimientos se prolongaran demasiado, pues corría el riesgo de acabar “hundiéndose” en ellos. De ahí que cuando experimentan tales sentimientos en la edad adulta, muchas personas reaccionan con impaciencia y enojo contra si mismo, diciéndose que están en falta y que deben “salir de eso lo antes posible”.
El enojo es otro sentimiento que a muchos se les enseñó a ocultar, o incluso a no permitirse experimentarlo. El castigo podía ser manifiesto, como en el caso de niños a quienes se les pegaba cuando tenían una rabieta o se enojaban. También podía ser sutil, como en el caso de los padres que retaceaban afecto, aprobación o alimento hasta que sus hijos empezaban a sonreír como ellos creían que debía hacerlo un niño.
El sexo es un factor de peso para determinar cuáles son los sentimientos que aprendimos a considerar inaceptables. Por ejemplo, a las mujeres se les da por lo general más libertad que a los varones para tener sentimientos y expresarlos. Pero el problema es que esa libertad sólo se aplica al grupo relativamente pequeño de emociones humanas consideradas “femeninas”, tales como la compasión, la ternura, la humildad y el amor romántico y maternal. Otros sentimientos humanos como la ira, la lujuria, la ambición, la agresión, el odio, y la vanidad están catalogados como “no femeninos”.
También los varones aprenden que sólo ciertos sentimientos son aceptables. La ambición, el orgullo, los celos y la arrogancia son permisibles; no así las emociones más tiernas y “femeninas”. Y si bien en la infancia se les enseña a niñas y varones que la ira es mala, en la edad adulta los hombres gozan de mayor libertad para experimentarla. Los “jóvenes iracundos” representados por figuras de actores muy famosos y sexys, constituyen un elemento aceptado En cambio no existen imágenes correspondientes de jóvenes iracundas igualmente atractivas. En una sociedad que prohíbe la ira en las mujeres pero las acepta y alienta en los hombres, “a menudo las mujeres se deshacen en lágrimas en lugar de tener un estallido de ira, en tanto que los hombres se enfurecen cuando alguien lastima sus sentimientos y tienen ganas de llorar”.
Para ciertas personas los sentimientos más o perturbadores son los de índole sexual. Para quienes viven con incomodidad los sentimientos sexuales, el sexo, más que un medio para llegar a la intimidad, puede ser una barrera contra ella. Por ejemplo, Julia, sentía repugnancia por los genitales de su marido; en cambio con sus amigos podía relajarse y aceptar afecto, porque estaba sobreentendido que había límites claros para el grado de contacto físico permitido. Pero la relación con su marido que debía incluir por definición, el contacto sexual, le resultaba amenazante y abusiva porque hacía surgir recuerdos reprimidos de abusos sexuales que Julia había sufrido cuando niña.
En una situación inversa a la de Julia, ciertas personas son capaces de experimentar intimidad con su pareja sexual, pero no con amigos. Ello se debe a que asocian el sentimiento cánido de ser amado con el “cosquilleo” e la excitación sexual y les causa terror la posibilidad de que el sentimiento cálido de la amistad íntima pueda encender sentimientos sexuales que consideran inaceptables. En los heterosexuales el miedo suele ser especialmente intenso cuando se trata de la amistad con una persona del mismo sexo, a la inversa de lo que ocurre con los homosexuales.
EL ALTO PRECIO DE LA REPRESIÓN EMOCIONAL
Lo que hacemos con nuestros sentimientos, es decir nuestro comportamiento, puede caracterizarse como correcto o incorrecto, bueno o malo. La renombrada psicoanalista suiza Alice Miller señala este hecho al reherirse a la ira y el odio. Como lo explica la autora. La ira y el odio suelen ser respuestas apropiadas a las crueldades y a la injusticia que muchas personas sufren en el mundo. Ambos son sentimientos normales, y “un sentimiento nunca ha matado a nadie”.
Es necesario dar salida a los sentimientos de alguna manera, ya sea verbalmente, a través del lenguaje corporal o del comportamiento. Pero en lugar de formas saludables de dar salida a los sentimientos, lo que se le ha enseñado a mucha gente es a practicar la negación (“En realidad no me siento de ese modo”) , a juzgarse y autocensurarse (“No debería sentirme de este modo”) y a provocar que sus sentimientos se ajusten a las expectativas impuestas desde afuera (“Llegaron las fiestas, debo sentirme feliz”). Estas son defensas corrientes contra las emociones y pueden ser eficaces, al menos por un tiempo, para mantener a raya a los sentimientos perturbadores.
Pero a la larga es perjudicial manejar los sentimientos de esta manera. En primer lugar, las defensas minan la autoestima. Para sentir auténtica autoestima, un individuo debe estar en condiciones de decir: “Soy un ser que siente, capaz de experimentar toda la gama de emociones humanas, y está bien que así sea”. Dicho de otro modo, respetarse a sí mismo significa respetar los propios sentimientos, sin exclusión de ninguno.
Cuando alguien censura y reprime sus sentimientos también se priva de una fuente importante de información y guía. El miedo, por ejemplo, puede alertar a una persona sobre el peligro que la acecha, y hacerle ver la conveniencia de tomar precauciones o de huir. La tristeza que al parecer surge “porque sí” puede estar diciéndole a alguien que no cumplió el duelo necesario por una pérdida y que es usada en sus relaciones, ello tal vez sea un signo de que debe poner ciertos límites a lo que los demás pueden exigirle. Pero si alguien está demasiado ocupado censurando sus propios sentimientos, no podrá “oír” lo que éstos tratan de decirle.
Muchas veces también surgen problemas físicos. Si una persona procura poner coto a sus sentimientos, se hace más vulnerable a una serie de dolencias psicosomáticas, que van desde dolores de espalda, cuello y cabeza o desórdenes digestivos menores, hasta cuadros más graves como asma, úlceras y colitis. Quienes niegan y reprimen sus sentimientos también corren un grave riesgo de caer en adicciones a la bebida o ala droga, pues como bien saben los alcohólicos y los drogadictos en tren de recuperación, la bebida y las drogas se utilizan muchas veces para mantener sepultados los propios sentimientos verdaderos.
Estudios recientes sugieren asimismo que en las enfermedades físicas las posibilidades de curación pueden verse afectadas por la forma en que el paciente maneja sus emociones. Así por ejemplo un estudio realizado en San Francisco por la Universidad de California, demostró que entre enfermos de melanoma, una forma grave de cáncer de piel, quienes expresaban con libertad sentimientos como la angustia y la ira mostraban respuestas inmunológicas más positivas que quieres reprimían sus sentimientos.
Muchas personas creen que si niegan determinados sentimientos como la ira o el resentimiento, éste simplemente se esfumará. Lo cierto, en cambio, es que los seres humanos no podemos hacer desaparecer nuestros sentimientos. Podemos empujarlos al subconsciente, con lo cual en apariencia desaparecerán, pero ello requiere una enorme cantidad de energía, y a medida que transcurra el tiempo se necesitará cada vez más energía, y a medida que transcurra el tiempo se necesitará cada vez más energía para mantenerlos reprimidos. Es inevitable que esto lleve a ataque de agotamiento, o a una fatiga crónica que al parecer no tiene motivos. Y dado que a cada uno de nosotros posee una cantidad determinada de energía psíquica, cuanto mayor sea el caudal de energía que alguien invierte en reprimir sus sentimientos, tanto menos le quedará para otros esfuerzos que le demanda la vida.

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