Síndrome de Cotard: Muertos que caminan



Hace unos años largos que no he vuelto a leer nada relacionado al delirio nihilista o Síndrome de Cotard. Un poco habitual trastorno que se caracteriza entre otras manifestaciones por la creencia de quien lo padece de encontrarse fallecido, en estado de putrefacción o sensación de inexistencia de la propia humanidad.

El neurólogo francés Jules Cotard describió en 1891 varios casos de un extraño síndrome. Los pacientes, depresivos melancólicos, no sólo afirmaban haber perdido propiedades, seres queridos o la salud. Aseguraban que les faltaban los intestinos o el corazón y algunos llegaban a decir que estaban muertos.

También conocido como delirio de negación , Cotard describió el caso de una paciente -a la que dio el apodo de Mademoiselle X-, que negaba la existencia de Dios y el diablo, así como de diversas partes de su cuerpo y de la necesidad de nutrirse. Más adelante, creía que estaba eternamente condenada y que ya no podría morir de una muerte natural.

Los pacientes llegan a creer que sus órganos internos han paralizado toda función, que sus intestinos no funcionan, que su corazón no late e incluso que se están pudriendo, llegando a presentar algunas alucinaciones olfativas que confirman su delirio (olores desagradables, como a carne en putrefacción).

En sus formas más complejas el paciente llega a defender la idea de que en realidad él mismo está muerto e incluso que han fallecido personas allegadas a él.

Junto con esta creencia de muerte el paciente mantiene una idea de inmortalidad, como si se hubiera convertido en un “alma en pena”. Aunque es un delirio típico de las depresiones más graves (psicóticas o delirantes) se puede ver en otras enfermedades mentales severas (demencia con síntomas psicóticos, esquizofrenia, psicosis debidas a enfermedades médicas o a tóxicos).

Young y Leafhead describen un caso moderno de síndrome de Cotard en un paciente que sufrió daños cerebrales debido a un accidente de motocicleta:

Los síntomas [del paciente] se dieron en el contexto de sensaciones más generales de irrealidad y de estar muerto. En enero de 1990, después de recibir el alta en el hospital de Edimburgo, su madre lo llevó a Sudáfrica.

Estaba convencido de que había sido llevado al infierno (lo que se confirmaba por el calor), y que había muerto de septicemia (que había sido un riesgo al principio de su recuperación), o quizá de sida (había leído una historia en The Scotsman acerca de alguien aquejado de sida que había muerto de septicemia), o de una sobredosis de una inyección contra la fiebre amarilla.

Pensaba que se habían «apropiado del espíritu de mi madre para mostrarme el infierno», y que seguía dormido en Escocia.

El síndrome puede aparecer en el contexto de una enfermedad neurológica o mental y se asocia particularmente con la depresión y la desrealización.

Antes que Cotard lo describiera ya se habían encontrado casos clínicos similares aunque no descritos con tanto detalle como hizo Jules Cotard.

Se desconoce con certeza qué provoca el síndrome de Cotard, aunque aparece relacionado con la depresión y con la esquizofrenia. Habitualmente aparece de forma repentina. Se han descrito diversos niveles del síndrome de Cotard, desde síndrome parcial a síndrome completo.

Algunos investigadores han visto con las técnicas de neuroimágen , algunas lesiones que afectan al procesamiento visual. La terapia TEC (terapia electro convulsiva) suele producir mejorías en todos los pacientes al incrementar el flujo sanguíneo en zonas del cerebro como la corteza frontal, los ganglios basales, o el tálamo.

Los Psiquiatras Eduardo Castrillon y Boris Guitérrez de la Universidad del Valle presentan un caso del síndrome de Cotard:

Paciente mujer (a la que daremos el nombre de “Laura”)
Edad 48 años
Estado civil: Lleva viuda desde los 24 años.
Lugar de residencia: Laura ha vivido en los Estados Unidos y en Colombia.

Trastornos del estado de ánimo: Laura durante su estancia en los Estados Unidos sufrió varios episodios depresivos recurrentes, fue tratada con distintos antidepresivos. Al perder su trabajo la paciente presenta síntomas depresivos, insomnio recurrente, incapacidad para sentir placer, ansiedad, sentimiento de culpa y minusvalía.

Después aparecieron las ideas suicidas, hubo varios intentos de suicidio (cortes superficiales en las muñecas). Al parecer al darse cuenta no era capaz de suicidarse aparecieron otros síntomas.

Laura comenta: “El 20 de febrero vi que salía un humo por mi boca, al día siguiente me miré al espejo y mis ojos habían cambiado, no tenían vida. Me di cuenta que ese humo que salía por mi boca era mi alma saliendo de mi cuerpo”.

A partir de ese momento, Laura tenía la creencia de ser una muerta viviente, se veía como una zombie. Laura pensaba que sentirse así era un castigo divino por haber intentado suicidarse. Laura comenzó a desarrollar alucinaciones olfativas, decía su cuerpo se estaba pudriendo y ella lo olía. Decía sentir un cosquilleo bajo la piel como si los gusanos la estuvieran devorando.

Al ser consciente de que estaba muerta dejo de comer, porque decía que “los muertos no comen”, esto provocó un drástico descenso de peso. Se le realizaron estudios de neuroimagen para detectar si había algún problema cerebral, pero todos dieron negativos.

A ser un caso extraño y no haber muchos casos descritos en en mundo no se sabía bien que tratamiento ponerle a la paciente. Algo había que hacer, el descenso de peso era preocupante. Se comienza a tratar a Laura con distintos medicamentos antipsicóticos (como Prozac , flouxetina).

Pasaron unos meses y aparentemente no había señales de mejora. Se recurrió a una herramienta terapéutica, la terapia electro convulsiva a fin de incrementar el flujo sanguíneo en su cerebro. Después de 6 sesiones, los delirios comenzaron a controlarse hasta llegar a desaparecer.

El médico Richard Christensen cuenta un caso reciente de un hombre que acabó viviendo en la calle en Florida. Como no tenía seguro sanitario ni medios para pagar un médico, el paciente K. no fue diagnosticado por un psiquiatra hasta varias semanas después de asegurar que se “había derretido” y ya “estaba muerto”.

Tras varias semanas de (erróneo) tratamiento para la esquizofrenia, K. continuó asegurando que era un cadáver ambulante. “Mi cerebro se ha podrido”, “he perdido parte de las vísceras” o “estoy muerto” eran algunas de sus afirmaciones más habituales. Otros afectados por el síndrome de Cotard han llegado a afirmar que se encontraban en el infierno o que por motivos espirituales no podían morir de muerte natural.

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