Infidelidad indice de salud?

De hoy nos habla un artículo de vistamedica sobre las consideraciones que se han hecho sobre el tema de la infidelidad tanto de hombres como de mujeres y sus efectos en el matrimonio, aun hay cierto tono de incertidumbre en la postura de los investigadores de considerar la infidelidad un indice fiable o no de la salud mental en el individuo y la pareja, veremos a continuación un interesante fragmento :

Respecto al problema de si un individuo adultero puede ser considerado sano o no, Strean supone que “un matrimonio feliz consta de dos seres humanos felices”, en este sentido, si bien acepta que la relación íntima conyugal es un catalizador para que surjan las patologías individuales, dada su múltiple necesidad de satisfacer necesidades arcaicas, concluye que, desde el punto de vista psicoanalítico, la patología y las necesidades de satisfacción infantil son las que hacen propicia la relación extraconyugal. Considera que un individuo, para ser feliz, no necesita de aventuras ni de la poligamia.

Hay que tener presente que la fidelidad no es síntoma de felicidad, ni de salud; podría hablarse del tipo de matrimonios simbióticos descritos por Scheffen, en donde las relaciones bipersonales regresivas se tornan tan asfixiantes que un amante, aunque utópico pensarlo en esas relaciones, resultaría deseable, por lo menos para “movilizar” dicha simbiosis o bien el cerco de goma que muchas familias poseen.

Tordjman considera al adulterio “… una verdadera prueba de fuego de la pareja: destruye aquellas en las que falta amor, y consolida las demás”.

Así, más que buscar patologías, habrá que pensar que la infidelidad puede ser un síntoma de la larga serie de crisis por las que atraviesa la pareja y la funcionalidad, en vez de morbosidad, estará dada por la manera en que la pareja pueda comunicarse y superar la crisis.

Por otra parte, ¿qué hay de los engañados que niegan o no ven lo que su mundo les presenta?, ¿cuántos matrimonios existen en donde la infidelidad es lo acostumbrado?

En mi experiencia clínica, he podido observar que las parejas reaccionan a la infidelidad con algún tipo de conducta infiel (hablando con el ex novio, el ex marido, el compañero de trabajo, o bien devuelven la infidelidad). La pareja siempre subpercibe el engaño y la infidelidad pues se alteran ritmos, economía, sexualidad y los hombres se muestran totalmente intolerantes ante la “invasión” de la esposa a sus centros de trabajo.

En general, es muy tolerada la infidelidad masculina pues existen creencias que la sostienen tales como pensar al hombre más potente, con mayor necesidad sexual. He aquí una gran paradoja, pues se utiliza un argumento biológico para sostener un mito social, me refiero a aquello que el hombre debe ser: fuerte, racional, mujeriego, con éxitos más sociales públicos que privados y que se justifique su “sexualidad biológica”.

La decencia del hombre no se altera por ser adúltero, al contrario, si mantiene a la amante hace alarde de su capacidad económica, sexual y social tradicional en cuanto al rol de macho.

Contrariamente, si la mujer es la infiel, son las mismas mujeres quienes atacan esta conducta, con comportamientos como la segregación y la denuncia al “pobre cónyuge engañado”. Además que en las mujeres surge un autocastigo al ser infieles pues es contrario a la imagen pública de ser decentes. También es una manera de agredir pasivamente, de defenderse ante la devaluación de sus cónyuges pues para las mujeres es muy importante ser bellas y deseables a los ojos del otro.

La infidelidad a pesar de ser “tan común” es un choque contra la integridad, todos tenemos una opinión al respecto y si nunca la hemos padecido o la hemos percibido, pensamos que pondremos fin a la relación. Sin embargo, una vez que se descubre viene el choque emocional, el estallido de cólera, la humillación y la devaluación del sujeto engañado. Pero la ruptura no aparece, entonces se forman dobles mensajes. El infiel quien cae en el arrepentimiento primero se justifica y después exige que se le respete su tiempo y su libertad.

Por su parte, el cónyuge engañado se vuelve suspicaz y anda tras cualquier pista que le asegure que la relación extramarital llegue al fin. Cae en un círculo vicioso pues aumenta su dependencia en la medida en que su conducta depende por entero de “descubrir la verdad”, pero ésta nunca llega por más que llegue a haber enfrentamientos con el/la amante.

El cónyuge engañado, se compara con el/la amante en físico, poder, dinero, inteligencia y muchas veces llega a identificar al amante mediante el teléfono, domicilio, trabajo, etc.

Son devastadores los efectos que estas pesquizas producen en el engañado pues éste se sitúa de inmediato en un rol inferior y sin guía social alguna. Es notorio que no existan soluciones o fórmulas sociales para enfrentarlo el conflicto y éste sea llevado a la sombra de la sociedad, se piensa que eso no puede pasarnos nunca, que las mujeres/hombres que lo padecen son unos tontos, que el amor es para toda la vida o al menos hasta que la muerte los separe. Siempre es al otro a quien le sucede pues es una especie de muerte.

Los engañados, por su parte atraviesan situaciones inéditas como la duda entre lo prohibido, lo permitido, lo bueno y lo malo. No hay guías satisfactorias acerca del plan de acción, ya no resultan satisfactorios los modelos de las mujeres que aguantaban al hombre “hasta que la muerte los separe”, aunque continua existiendo una marcada dependencia psíquica y social hacia el otro. En hombres y en mujeres hay incertidumbre acerca del futuro, del dinero, de la posición, de los ataques masculinos respecto a la renuncia del estatus social actual.

Hago énfasis en el sufrimiento de las mujeres porque muchas veces la infidelidad de los hombres ocurre dentro de un gran contexto llamado violencia familiar, en donde “el hombre fuerte” manipula a la “mujer débil” y una manera de hacerlo es mediante la vejación de que su compañera tiene poco valor y utiliza las aventuras extramaritales como una especie de derecho que el género le otorga. En cambio, ante la menor sospecha de muchos hombres, de conductas de supuesto coqueteo por parte de su pareja, viene el hostigamiento o los golpes. Esta si es una situación social “tradicional”, más común de lo que se piensa y genera patologías en la medida en que ni el hombre ni la mujer se desarrollan, más bien viven en un círculo vicioso, acrecentado por el aislamiento, dadas las ligas estrechas entre ambos.

Otra causal de infidelidad femenina es el abandono a que son sometidas las mujeres por sus cónyuges, ha aumentado el número de esposos adictos al trabajo, que descuidan a su pareja y que perpetúan y ponderan los éxitos laborales sobre los emocionales. Los hombres, en su opinión son el apoyo de la familia, pero a veces sólo se centran en lo económico y ante la demanda de la mujer, sostienen que ellos llevan la carga más pesada “al enfrentarse al mundo”.

Retomando a Rougemont, habría que cuestionar la posibilidad de que el matrimonio en occidente ofrezca alternativas ante la paradoja en la que se funda, observamos que es la educación y el consiguiente prejuicio lo que impide todavía hablar de la infidelidad como algo sino sano, al menos frecuente en muchas parejas y hablarlo de manera abierta y responsable.

También creo que la distinción hecha por Rougemont se basa más en una amor romántico que en el “amor real”. El amor real no es ni la felicidad, ni la pasión sino la compañía y la colaboración entre dos géneros a fin de crecer (lo cual duele) y de solucionar conflictos, incluída la infidelidad, lo anterior no siempre se logra, pues existe el prejuicio que discutir es pelear, que la diferencia es fricción y dificultad o bien enemistad y de que todos, hombres y mujeres lo sabemos todo. (Aunque ellos un poco más).

El tipo de estudios que se han realizado acerca de la infidelidad resultan limitados para la complejidad del fenómeno que, como vimos es multicausal y, los datos reportados en México, por el INEGI, son datos oficiales, dichos a una autoridad legal, quien tiene preconcebidos los tipos de divorcio (necesario y voluntario), aparte de no incluir a las parejas que viven en unión libre, lo cual reduce de manera considerable los factores a ser estudiados, entre ellos las emociones, la subjetividad, el aislamiento y la poca seriedad que las autoridades oficiales dan a este problema, pues se subestima “a la vieja loca” o se ignoran los terribles sufrimientos de la figura cómica del “cornudo” incapaz de llevar los pantalones de su casa.

En síntesis, las pruebas legales sobre la infidelidad en México resultan imposibles (se necesitan fotografías de los amantes, realizando el coito) y no pasan de ser una nota roja, o una nota rosa.

Por ello muchas personas que tramitan el divorcio ni siquiera mencionan el dato, ya que podrían ser acusados de difamación y en este sentido las estadísitcas en la práctica clínica, nos son de poca utilidad.

De acuerdo con Giusti, para la ruptura del vínculo matrimonial, se puede considerar suficiente: la pérdida de intensidad y calor emotivo, la insatisfacción sexual, la desaparición del placer de estar juntos, la pérdida de comunicación y es poco frecuente en cambio, que las parejas se disuelvan por culpa del amante, a veces éste sólo vienen a reforzar la relación

En la infidelidad se intenta obtener la satisfacción de carencias que no fueron satisfechas en el matrimonio, sólo se asegura el fin real de la separación, de donde la infidelidad pasa a ser el escape de un estado incierto e insatisfactorio, más que una alternativa real a un matrimonio acabado

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