Redescubriendo a Alfred Adler

El Alma de Edimburgo se llenó el 11 de abril pasado con la conmovedora noticia del redescubrimiento de las desaparecidas cenizas (restos mortales) de uno de los fundadores del psicoanalisis el médico austriaco Alfred Adler.

Adler fue el padre la psicología individual y su legado y separación de la escuela psicoanalítica original marcó un antes y un después en el devenir de este movimiento que para bien o para mal aportó tanto a la psicología. Y sí, digo aportó porque en mi opinión personal y profesional al margen de los aciertos o errores del psicoanalisis no hubo una teoría más prolifica y con más registros, causas y conceptos que el Piscoanalisis.

Adler muere pues repentinamente en Escocia en un ciclo de conferencias importantes que realizaba en ese entonces, estalla la guerra hacia 1937 y el paradero de sus restos se pierde para siempre en medio de un mar de contingencias.

Adler desarrolló el concepto de complejo de inferioridad , el caracter y sobre todo su inestimable valor como precursor incuestionable de la moderna psicoterapia.

El complejo de inferioridad considera la percepción de desarraigo que un individuo obtiene a causa de haber padecido una infancia mala, plena de burlas, sufrimientos, rechazos, etcétera.

Con más detalle puede describirse al complejo de inferioridad, en la ciencia de la psicología y el psicoanálisis, como el sentimiento en el cual, de un modo u otro, una persona se siente de menor valor que los demás, lo cual, normalmente, sucede en forma inconsciente y lleva a los individuos afligidos a sobrecompensarlo. Pero esto último, a su vez, plantea una alternativa. Porque la necesidad de sobrecompensación puede resultar o bien en exitosos logros o bien en comportamiento esquizotípico severo.

Así, un sentimiento normal de inferioridad puede actuar como motivación para alcanzar objetivos, mientras que un complejo es un estado avanzado de desánimo y evasión de las dificultades.
Respecto del complejo de superioridad, Adler considera que es un mecanismo inconsciente, neurológico, en el cual el individuo trata de compensar sus sentimientos de inferioridad, resaltando aquellas cualidades en las que sobresale.

En términos más técnicos, para Adler, el complejo de superioridad es la consecuencia del proceso de transferencia que busca esconder la inferioridad percibida, con la pretensión de ser superior a los demás, en algún aspecto vital.

La percepción de superioridad es la consecuente reacción a un sentimiento de inferioridad no expresado externamente, maximizando hacia el exterior aquellos aspectos en que, por transferencia de objetos, o por observación diferencial, consideramos destacar del comportamiento colectivo aparente. Es una maximalización subjetiva del hecho sincrónico que nos lleva a buscar aquello que los demás consideran insólito, en nosotros mismos.

Pero, básicamente, el complejo de superioridad se manifiesta como una afectación de la personalidad que conduce a la adopción de posturas prepotentes o arrogantes en el trato con los demás.
El síndrome de superioridad es una consecuencia de un previo complejo de inferioridad mal resuelto. Quien no siente la “inferioridad”, no precisa exhibir su “superioridad”; por otra parte, quien es claramente superior, es así percibido por los demás, sin requerir una manifestación mayor.

De todas maneras es importante advertir que un individuo, aunque exhiba comportamientos autoritarios y arrogantes, o desarrolle actitudes de prepotencia, no necesariamente se hallará en un auténtico “complejo de superioridad”, si no es consecuencia de una percepción previa de ser inferior en algo. Y esto, por cierto, dicho al margen de lo disvalioso que pudieren resultar sus actitudes en la convivencia social. La motivación del individuo debe quedar esclarecida mediante el diagnóstico, a fin de evitar errores de terapia.

Los complejos de superioridad e inferioridad son a menudo presentados ambos por las mismas personas, y se manifiestan de maneras diferentes. Sin embargo, los dos complejos pueden existir el uno sin el otro.

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